Me reservo el derecho a sumarme a la revolución

Este post es original de mi amigo y antiguo compañero de facultad Orlando Sánchez Maroto (@orlando_s_m) lo pongo en mi blog porque me parece interesante compartirlo y de paso, conservarlo.

Siempre me he considerado una persona moderada. Respeto enormemente las ideas que no comparto, y he llegado a defender con vehemencia el derecho de los que las sostienen a mantenerlas, incluso contra intolerantes cuyas “opiniones” de fondo son más cercanas a las mías. He aceptado mi lugar en la sociedad con deportividad, consciente de que hay grandes profesionales que merecen que su visión y su esfuerzo denodado tengan un reconocimiento económico y social correcto. Comprendo que mis posiciones no tienen que ser compartidas por todos, y acepto que cuando quedo en minoría, la mayoría lleve a cabo sus propuestas.

 

En resumen, vivo en sociedad con lo que ello conlleva. Y como yo, mucha gente. El parado, el que no llega a fin de mes, el embargado, el sancionado… Todos vivimos en sociedad, porque por más que nos toca estar en una posición incómoda, creemos que es la forma más armónica y pacífica en la que todos tenemos sitio. Y sobre todo, porque creemos que las normas que regulan la convivencia no tienen nada contra nosotros, que son iguales para todos.

 

Y en todo esto, llegó la crisis. Menos dinero, y todos tuvimos que pagar las pérdidas. Menos fondos para investigación científica, menos dinero para educación, menos dinero para sanidad, menos dinero para dependencia, menos dinero para pensiones, menos dinero para parados… La gente protesta, y son reprimidos duramente, pero los ciudadanos lo soportan porque esas decisiones emanan de los poderes del estado surgidos de la voluntad popular.

 

Luego, conocemos que la voluntad popular puede haber sido adulterada por un continuo flujo de comisiones a algún partido desde las empresas más implicada en el modelo económico que ha fallado, el cual estamos pagando. La prensa está en manos de ese modelo económico y su supervivencia depende de la publicidad institucional de las instituciones gobernadas por esos partidos. Las propias deudas de los partidos están en manos de los bancos, que forman parte de ese conglomerado. La propia deuda del país está en manos de ese conglomerado. Los mercados. Los partidos, la prensa, el estado… todo está en manos del mercado. De empresas poseídas por empresas poseídas por empresas, que al final de la cadena están en manos de diez o veinte familias, que son las mismas desde hace prácticamente 500 años.

 

La meritocracia no existe. Por más que estudiemos los que no llevamos esos apellidos, solo unos pocos, que se pueden contar con los dedos de una mano, llegarán a tomar el ascensor social hacia arriba. Los hijos de los de siempre completarán sus estudios (o ni eso), y tendrán los mejores trabajos en las mejores empresas. Y dará igual que las quiebren. Los trabajadores y los pequeños accionistas pagarán las deudas y ellos conseguirán otro magnífico trabajo… y a seguir. Si eres mujer, incluso corres el riesgo de perder el trabajo por querer hacer algo tan bello, tan personal y tan útil para el futuro del país como ser madre.

 

Seguro que todos los que estáis leyendo esto os acordáis de un ejemplo de cada idea que plasmo, ya sea conocido a través de la prensa o personal.

 

¿Qué es lo que nos queda a los que no tenemos una fortuna, un apellido con solera, unos buenos contactos… a lo que agarrarnos cuando nos roban las oportunidades de educarnos, de competir con una mínima igualdad de oportunidades, de trabajar y ganarnos la vida con dignidad, de poder enfermar, de descansar en la vejez?

La ley. El estado de derecho es lo único que se interpone entre nosotros y la anarquía. El convencimiento de que, en caso extremo, ante los tribunales, todos somos iguales.

 

De todos ellos, y aunque no es en puridad un tribunal, el Tribunal Constitucional. Como en una ocasión dijo uno de sus presidentes: “la suerte del Tribunal Constitucional es la suerte de la Constitución”. Nuestra norma fundamental de convivencia habla a través de este órgano. Y es importante que lo haga correctamente.

 

Hace unos años, uno de sus miembros fue recusado porque había escrito un informe relacionado con una ley que en aquel entonces no era más que una posibilidad. Fue una recusación estricta, basándose en que no bastaba con que fuera neutral, sino que la mera sospecha de imparcialidad invalidaba su posición.

 

Se puede estar más o menos de acuerdo, pero fue la opinión del Tribunal y es la voz de la Constitución.

 

Y ahora, su presidente no es que haya hecho un informe a petición de una institución o un partido. Es que ha sido hasta muy recientemente miembro de un partido e inspirador de una de las leyes que tendrá que dirimir el Tribunal Constitucional si debe ser o no declarada contraria a la norma fundamental.

 

En este caso, toda la rigidez que se empleó anteriormente es ahora flexibilidad.

 

Ya no hay normas que valgan para todo y para todos. Lo que para unos no valen, para otros sí.

 

Ya no hay nada que a la gente humilde la retenga en la obediencia al estado de derecho. Porque ya no existe tal estado de derecho, sino la voluntad de los poderosos, que han subvertido las instituciones de todos para apuntalar el statu quo y sus propios intereses. Para que en la competición siempre ganen los mismos, y pierdan los de siempre.

 

Por ello, me reservo el derecho a no creerme el estado de derecho. Me reservo el derecho a desconfiar de las instituciones. Me reservo el derecho a no esperar decisiones justas. Me reservo el derecho a considerar las leyes papel mojado. Me reservo el derecho a no invertir en una economía en la que el beneficio siempre recae en los de arriba y las pérdidas siempre las soportan los de abajo.

 

No me lanzaré locamente a las barricadas, por supuesto. Me reservo el derecho a mantenerme estratégicamente en un segundo plano y no exponerme inútilmente a las iras de los que tienen el poder. Me reservo el derecho a seguirles el juego. Me reservo el derecho a engañarles y a que se confíen. Y me reservo el derecho a darles la puñalada en cuanto estén con la guardia baja.

 

Me reservo el derecho, cuando más nos convenga y cuando más daño haga al enemigo, a sumarme a la revolución.

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